
A menudo he oído el comentario de que "he procesado tal o cual foto con la intención de dejarla lo más fielmente posible a lo que vi en el momento de hacer la foto". Creo que hasta yo mismo en alguna ocasión lo he dicho. Pero, recapacitemos, ¿realmente es así? ¿Nos acordamos de verdad de la gama de tonos, luces y sombras que vimos
insitu? Yo, por mi parte no, no tengo tanta memoria fotográfica. Entonces, ¿qué directrices seguimos a la hora de retocar una fotografía?, ¿de saturar en mayor o en menor medida unos colores?, ¿de aplicar tal o cual balance de blancos? Desde luego dejar la foto como lo que vimos, no. Más bien la respuesta tiene que ver con un deseo de satisfacer unas necesidades estéticas más que con la representación fiel de la realidad.
Concibo una fotografía, en última instancia, como una sucesión de toma de decisiones cuyo resultado queda plasmado o registrado en un soporte bidimensional con el fin de reflejar una visión del mundo real. Si excluimos la parte de previsualización, la primera toma de decisiones comienza en el lugar donde tomamos la foto. Cualquiera con un mínimo de experiencia en fotografía sabe de qué estoy hablando: ¿es ahora el mejor momento para hacer la fotografía que quiero? ¿es adecuada la luz que hay? Si es así, ¿me satisface este primer plano? ¿El cielo tiene el potencial que necesito? ¿Es mejor volver en otra época del año? Una vez resueltas estas primeras dudas debemos enfrentarnos a unas decisiones más técnicas: el encuadre, velocidades de obturación y diafragma, filtros, ISOs, balance de blancos, etc. Finalmente hacemos click y ya tenemos nuestra ansiada foto registrada en nuestro soporte fotográfico, tarjeta, diapositiva o negativo.
Pero aquí, afortunadamente, no acaba la toma decisiones. Empieza ahora la segunda parte del proceso creativo que nos conducirá a la foto que ansiamos. Estoy hablando del retoque, procesado, realzado, o como lo queramos llamar, de la fotografía.
Sinceramente creo que en la actualidad se sigue infravalorando esta fase o al menos no se le da la importancia que merece, o no se le quiere dar. Hace algo menos de dos años tuve la oportunidad de impartir un curso sobre procesado de fotos con Photoshop, donde mi intención fue compartir con los asistentes mi forma de trabajar. Repartí ejercicios, la gente tomó notas y respondí a todas las dudas que me plantearon. En resumen, la gente salió del taller contenta y con una serie de recetas para mejorar sus fotografías que, en su mayoría, no conocían. De lo que me di cuenta allí fue que la mayor parte de los asistentes, a la hora de poner en práctica las herramientas aprendidas, no destinaban un tiempo previo a reflexionar sobre qué tipo de procesado era el más conveniente para su fotografía. Directamente se dedicaban a aplicar los conocimientos adquiridos sin un propósito claro y definido. No me cansé de repetir que lo importante no era tanto conocer las herramientas como saber qué quiero transmitir con mi fotografía, qué aspectos resaltar, cuáles minimizar. Esto para mi es lo complicado, porque en ello reside el aspecto creativo del procesado. Lo primero es fácilmente encontrable en libros o en la web. Lo segundo no y es muy particular de nuestras preferencias personales.
Por tanto, antes de decidir qué herramientas aplicar debemos pararnos, mirar la foto y reflexionar sobre lo que queremos conseguir y no lanzarnos a utilizar el recetario de herramientas que tan bien creemos que nos funciona y que en tal libro o curso que dimos nos demostraron los milagros de que eran capaces. Una vez tengamos lo primero claro será entonces cuando podremos comenzar con la selección de herramientas que me permitirán, paso a paso, alcanzar el resultado deseado.
En un próximo post, segunda parte de este que he comenzado, me he propuesto desmenuzar el conjunto de toma de decisiones, tanto en tiempo de captura como de procesado, de la fotografía que acompaña este post. Espero que sea instructivo.