domingo, 14 de diciembre de 2014

¡Felices Fiestas!

Como cada año os felicito las navidades deseando que el próximo año venga cargado de estupendos momentos, buenas luces y magníficas experiencias.



Sirva como imagen de felicitación este collage con 10 de las mejores fotos que he realizado este año que ya despedimos y como imagen central una foto tomada por mi hijo de 8 años el pasado mes de noviembre en los bosques de Ordesa que rezuma frescura y creatividad.

martes, 4 de noviembre de 2014

Próxima exposición en Fotografía deArte 2014

Desde el próximo sábado 8-nov y hasta el 28-nov dentro del III Encuentro Nacional de Fotografía DeArte, que tendrá lugar en Torrejón de Ardoz, participaré con la exposición "Paisajes, retratos de una belleza escondida" compuesta de 20 obras junto a otros conocidos fotógrafos de naturaleza españoles, que admiro desde hace años, como son Asier Castro y José Benito Ruíz, entre otros, y diversos colectivos de Fotografía como FONAMAD.

La edición de este año, bautizada con el título "PLANETA TIERRA, POESÍA A PROTEGER", estará dedicada a la naturaleza y al medio ambiente. La inauguración tendrá lugar en La Casa de la Cultura de Torrejón (C/ Londres, 5) el día 8-nov a las 18h donde se podrá disfrutar de cuatro magníficas proyecciones de Fotografía, lectura de bellos poemas, maravillosa música en directo de violín y bella danza contemporánea.


Las distintas exposiciones del encuentro estarán repartidas en los distintos centros culturales de Torrejón. Mi trabajo podrá verse parte en la Casa de Cultura donde expondré 3 fotografías junto a las de José Benito y FONAMAD, entre otras y parte en el Centro Cultural El Parque (C/ Hilados s/n) donde expondré 17 de mi obras, junto con las de Asier Castro.



Como parte del encuentro tendrán lugar diversos monográficos de entrada gratuita hasta completar aforo. Entre ellos yo impartiré uno dedicado al "Procesado de fotografía de paisaje" el día 18-nov a las 19:30 en el Centro Cultural El Parque.

AQUÍ tenéis el programa de eventos y exposiciones y AQUÍ los días y horarios de visita de las exposiciones.

Espero veros por allí!



lunes, 3 de noviembre de 2014

Nuevo calendario El Mundo de los Pirineos 2015


He tenido el privilegio y enorme orgullo de colaborar este año con El Mundo de los Pirineos como autor de su nuevo calendario de 2015 con 36 imágenes que os sumergirán en la magia de los Pirineos.

Aquí tenéis una muestra del mismo:


Si estáis interesados en adquirir un ejemplar firmado y dedicado pincha sobre el botón "Comprar ahora" y en pocos días lo tendrás tu casa.

viernes, 18 de julio de 2014

Lagos de Neouvielle: en busca de paisajes propios

Desde hace un tiempo a esta parte resulta casi alarmante, para cualquier asiduo a foros o concursos de fotografía, el gran número de imágenes prácticamente calcos unas de otras. Enclaves que hace unos años eran casi desconocidos hoy son objeto de ordas de visitantes cámara en mano que, como en busca del su particular Santo Grial, se dirigen a esos lugares con la esperanza de volverse a casa con una foto con la que quizá ganar un concurso o presumir de gran fotógrafo entre sus amistades.

No hay duda de que hay parajes naturales que cualquier fotógrafo de naturaleza debería poder visitar al menos una vez en la vida y una vez allí, después de haber recorrido cientos o quizás miles de kilómetros ¿cómo volverse a casa sin esa foto del "Gran Cañon del Colorado", o el "Valle de Yosemite"? ningún fotógrafo en su sano juicio desaprovecharía esa ocasión. El problema surge cuando concibes la fotografía como una caza de imágenes que otros ya descubrieron y un buen año, cuando echas un vistazo a tu porfolio te das cuenta de que hay de todo menos frescura y originalidad, que no eres más que un triste imitador. Muchos se conformarán con (e incluso desearán) esta forma de progresar en fotografía donde el coste (de estrujarse las neuronas) - beneficio (social) les es rentable. En mi caso, lo que me motiva, lo que me llena como persona, fotógrafo y amante de la naturaleza es ser descubridor de mis propios paisajes, donde las vivencias entorno a esos descubrimientos no pueden separarse de las fotos obtenidas. Donde volverse a casa con una visión única y personal vale, cómo fotógrafo, más que cualquier imitación del Snake River de Ansel Adams o las dunas de Namibia por citar algunos ejemplos.

¡Qué emocionante es pensar que quizás seas las primera persona que se dedica a inmortalizar la esencia y carácter de un lugar, y por un momento sentirse como los descubridores y aventureros de antaño!

Con ese deseo, el pasado fin de semana, me encaminé al Pirineo francés, junto con mi hermano Carlos y nuestro buen amigo Patrick, con la intención de ver qué podía descubrirnos, un año más, la zona de Neouvielle. Sí, un año más porque, lo que descubrimos el año pasado nos enamoró.

Nuestra intención no era realizar una travesía acumulando kilómetros bajo nuestras botas, sino disfrutar de la fotografía y la montaña de forma equilibrada sin grandes proezas y cansancio el justo. La primera noche la pasaríamos a 1h de los lagos d'Aumar y d'Aubert y la segunda en los lagos de Madamete ya fuera de la reserva natural a 1h30 del primer lago. El domingo tocaría desandar lo andado los dos días anteriores.

Preparando la escapada no pude encontrar muchas fotos de las zonas a visitar para hacerme una idea sus posibilidades, con lo que no iba con ideas preconcebidas. Esta vez me dejaría sorprender por lo que me fuera encontrando insitu.

Pasadas las 18:00 (pues no está permitido antes de esa hora) subimos con nuestro coche desde el parking del lago Orèdon hasta el parking habilitado entre los lagos d'Aumar y d'Aubert sabiendo que podríamos bajar a cualquier hora el domingo.

Sobre las 19:30 acampábamos en las inmediaciones de la laguna Gourg de Rabas (a casi a 2.400 m), balcón sobre el macizo de Neouvielle. Las nubes iban y venían pero no dejaban entrever las cumbres del macizo dando al traste toda opción de buenas luces al atardecer, pues se agolpaban hacia el oeste.

Mientras Patrick y mi hermano Carlos buscan como retratar el valle a nuestros pies con el lago d'Aumar brillando como una joya entre las altas cumbres, yo me me dirigí, rodeando la laguna a su extremo más occidental. Las cumbres apenas asomaban desde esta posición, pero ¿quién quiere montañas si se tiene unas buenas nubes como telón de fondo? La forma de las rocas sumergidas y los reflejos sobre un agua inmóvil me alentaron a sacar la cámara de su funda y poner todos mis sentidos al servicio de la escena que estaba contemplando.


Fue la única foto que hice esa tarde pensando que quizás el amanecer nos diese más oportunidades.

Amaneció despejado por el este y muy cerrado por el oeste, tanto que el collado (a apenas 200 m sobre nuestras cabezas) que teníamos que atravesar durante la jornada no se veía.

Durante la subida a la laguna el día anterior reparamos en unas pequeñas charcas estacionales que seguro ofrecerían buenas vistas y reflejos del macizo de Neouvielle. Ni cortos ni perezosos a las 6:00 de la mañana comenzamos a bajar, casi medio dormidos, el camino que la tarde anterior subimos. En 20 minutos nos plantamos en lo que era un espejo entre formas sinuosas rodeado de una alfombra verde. Me llamó la atención como el perfil de hierba dibujaba una potente forma en 'S'. Colocando los árboles de forma que no quedasen cortados sólo fue cuestión de esperar a que las primeras luces incidiesen en los picos a lo lejos para empezar a disfrutar.



Esa mañana tuvimos que demorar la subida al collado de Madamete (2.509 m) pues una fina y esporádica lluvia hizo acto de presencia reduciendo la visibilidad considerablemente en el collado. A ratos metido en la tienda, a ratos haciendo alguna foto, pues la forma y volumen de las nubes lo pedían a gritos, pasamos parte de la mañana hasta que a mediodía comenzó a clarear y nos pusimos en marcha. En media hora llegamos al collado y una hora mas tarde nos plantábamos en los lagos de Madamete (a 2.299 m) ya fuera de los límites de la Reserva Natural de Neouvielle.



Dedicamos buena parte de la tarde a explorar el entorno en previsión del atardecer y amanecer del día siguiente, pero un manto sospechoso de nubes hacía presagiar que quizás no tuviéramos las luces deseadas esa tarde. Cansado de no parar desde las 6 de la mañana, a media tarde me metí en la tienda a descansar y hacer algo de tiempo. Sobre las 20:00, cuando saqué la cabeza de la tienda la niebla ocultaba los macizos montañosos que nos rodeaban. ¿Qué hacer? no quedaba otra que adaptarse a lo que había en ese momento. Cogí la cámara y comencé a jugar con primeros planos definidos en la orilla de la laguna y fondos medio ocultos por la niebla que cambiaban al segundo. El contraste, sencillez y limpieza de formas me atrapó hasta pasadas las 22:00. Esa tarde hice quizás una de las fotos más inesperadas que podía haber hecho superando a cualquier de las que hice ese fin de semana en estética y carga emocional.



Tras una noche fresquita pero tranquila, sonó la alarma del reloj a las 6:10, revelándoseme un paisaje limpio y sin rastro alguno de nubes. Tendríamos la posibilidad de inmortalizar las tan ansiadas, por los fotógrafos, luces de montaña. En mi interior no me sentía tan eufórico como lo habría estado hace años, no tenía un encuadre estudiado y tampoco tenía claro si conseguiría algo distinto. En ausencia de un primer plano claro (las rocas que encontraba no me parecían lo suficientemente fotogénicas) decidí jugar con la transparencia del fondo y las formas geométricas de sus rocas pues el efecto algo surrealista no me desagradaba.



Tras unas pocas fotos más la luz dejo de tener la magia deseada y dimos por concluida la sesión fotográfica. Tras un agradable desayuno sobre un marco incomparable recogimos y nos pusimos en marcha en dirección al parking, sin prisas pero sin pausas, disfrutando del aire fresco de la montaña, de sus sonidos, de sus olores y con la alegría de haber descubierto e inmortalizado una vez más nuestros propios paisajes.

De izda. a dcha. Carlos, Patrick yyo.

martes, 13 de mayo de 2014

Extrayendo ambientes


Hace algún tiempo tuve oportunidad de intercambiar algunos correos con Fernando Puche, en ellos me comentaba que un buen día, cansado de ver que en su archivo figuraba el mismo tipo de fotografías decidió que era hora de dar un giro y replantearse el tipo de fotos que debía hacer. Hacer esto era un intento de forzarse a crecer y desarrollarse como fotógrafo y artista. En aquel momento, no sentía tal necesidad de cambio, aún a riesgo de caer en lo fácil y repetitivo. La búsqueda de luces especiales en los primeros y últimos momentos del día me ha llevado a conocer lugares y a disfrutar de experiencias que de otro modo ni se me habrían pasado por la imaginación. ¿Por qué romper con ello? ¿Mi archivo fotográfico, mi trabajo como artista iba a verse afectado (negativamente) por no buscar nuevos horizontes creativos? Cada amanecer es distinto, cada lugar que visite será distinto y por tanto no veía por qué iba eso a afectar a mi desarrollo como artista.

Conscientemente nunca me he planteado dar una vuelta de tuerca a mi trabajo, sabía que si esto tenía que ocurrir algún día el cuerpo me lo pediría, de una forma natural, sin forzarlo. He de confesar que desde hace ya algún tiempo las fotos típicas de amaneceres han perdido parte del atractivo que hace años tenían, supongo que la falta de novedad tiene la culpa. No me resultan tan retadoras como antes, un paseo por cualquier portal de fotografía sirve para quedarte empachado con este tipo de fotos. No significa ello que ya no me llamen pero sí que no son el objetivo número uno de mis salidas fotográficas como antes sí lo eran. Si no me traía una foto con luces de amanecer o atardecer parecía que la escapada se había quedado un poco coja. Desde hace un tiempo el cuerpo me va pidiendo captar otras cosas con mi cámara, otras formas de ver el mundo, quizás más íntimas y no tan descriptivas. Seguramente no tan visualmente atractivas pero sí igualmente reconfortantes y desafiantes como en su momento fueros mis primeros amaneceres.

Hace unas semanas, tuve oportunidad de visitar el Pirineo más occidental con mi amigo Patric, necesitaba fotos de esa zona para un encargo. Los lugares finalmente elegidos acomodados a las condiciones meteorológicas fueron Urbasa, buscando verdes y nieblas y los acantilados de Jaizquíbel, para muchos la estribación más occidental de los Pirineos y, sin lugar a dudas, un lugar radicalmente distinto a lo que podemos encontrar en cualquier otro punto de la geografía española y casi del mundo entero, donde fotografiar a la luz cenital del mediodía es casi una obligación y la extracción de formas y colores el tesoro más codiciado.

En esta salida no ha habido fotos de amaneceres o atardeceres, no ha habido madrugones, el gran angular ha quedado relegado a la mochila y el teleobjetivo ha sido mi principal pieza de trabajo.

La extracción de pequeños pedazos de realidad en los que las texturas y geometrías de los elementos jugaban de forma armoniosa ha sido mi principal objetivo.



La tarde de nuestra llagada a Urbasa, aún cubierta por las nubes de una borrasca que anunciaba su fin, decidimos darle una oportunidad a Urederra. Lugar del que todos estos años he huido por lo masificado e hiperfotografiado. Cuando llegamos no había mucha gente pero la decepción fue mayúscula al comprobar como todo el camino se encontraba acordonado con indicaciones que prohibían salirse de él. La gran masificación de este paradisíaco lugar amenaza su existencia y las recientes medidas adoptadas han sido restringir el número de visitas diarias y limitar las zonas por las que moverse. Desde el punto de vista del fotógrafo de naturaleza, que desea libertad total de movimientos para captar su visión del lugar sin más restricciones que su imaginación, supone una decepción tremenda toparse con tales restricciones. Esa tarde hicimos lo que pudimos y volvimos a nuestro lugar de pernocta con un sabor agridulce.


La mañana siguiente amaneció tal y como estaba planeado. Las nieblas cubrían los hayedos de Urbasa y las hojas filtraban la cantidad suficiente de luz como para vestir el ambiente de unas suaves tonalidades verdosas.




Fue una delicia deambular casi sin rumbo alguno fuera de todo camino acompañado por los alegres cantos de petirrojos, mirlos y carboneros. Una lluvia fina intermitente nos acompañó casi toda la mañana vigilados en todo momento por grandes esculturas naturales que el viento y la lluvia se han encargado de esculpir durante milenios. 




Fotografiamos y caminamos al margen del tiempo hasta pasado el mediodía cuando las nieblas se levantaron anunciando el anticiclón que deseábamos para el domingo en Jaizquíbel, nuestra siguiente parada para el día siguiente.

Nos levantamos con las primeras luces dispuestos a descubrir con nuestros propios ojos los tesoros guardados en los acantilados a los pies del monte Jaizquíbel en la costa guipuzcoana. A media que nos alejábamos de Urbasa un cielo azul radiante nos llenaba de ilusión y expectación ante lo que nos íbamos encontrar. Tras un desayuno rápido junto al coche iniciamos los casi 600m de desnivel siguiendo el itinerario previsto y en dirección al valle de Labetxu (popularmente conocido como el valle de los colores). Unas horas más tarde junto a las aguas del cantábrico unas rocas como bañadas en sangre se nos aparecieron, exhibiendo un cromatismo y formas extravagantes en sus paredes difíciles de describir. Habíamos encontrado el tesoro buscado y sólo dependía de nuestro buen hacer extraer una belleza que hiciera justicia al lugar.







Pero esas rocas de arenisca teñidas de rojo y salpicadas de un sin fin de formas y vetas de los más variados colores, no eran más que parte de ese tesoro buscado. Bordeando la costa nuevas formaciones, que me recordaban a panales gigantes de abeja, tapizaban los techos de grandes oquedades de arenisca. Estas formaciones, sólo comparables a otras de menor tamaño y extensión en regiones tan remotas como Sudáfrica o Australia, reciben el nombre de "Boxworks". Aquel día nos encontramos con otra fotógrafa de la zona trípode en mano y nos comentó que hace años apenas se veía gente y que esto había cambiado desde hacía poco. La globalización, las redes sociales, todo ello, supongo, contribuye a dar a conocer lugares que hasta hace no mucho sólo eran conocidos por los vecinos de la zona. Ello supone un arma de doble filo, pues si no se cuida en poco tiempo puede llegar a ser sólo un recuerdo, pero a la vez cuanta más gente sea conocedora de la belleza que esconde más puede ayudar la preservarla. Documentándome sobre la zona di con el proyecto Jaizkibel Amaharri (Jaizquíbel Madre Piedra) integrado por personas de diversas ramas científicas y fotógrafos a las que une el amor por el monte Jaizquíbel. Tiene como fin dar a conocer el patrimonio natural y cultural de Jaizquíbel y ayudar a defenderlo. No menos sorprendente que conocer esta iniciativa fue enterarme que existe un proyecto para construir una zona portuaria en todo el litoral de Jaizquíbel. De momento esta paralizado, pero quien sabe si en 10 o 15 años se reactivará y toda esta maravilla de la naturaleza no será más que un recuerdo.



Eran las tres y media de la tarde y aún nos quedaba subir los casi 600 metros que horas antes habíamos bajado y cinco horas de coche hasta llegar Madrid, pero la belleza de lo que nos íbamos encontrando por el camino era tal que, como si de un imán se tratase, no nos permitía alejarnos y guardar nuestras cámaras. Pasadas las cinco de la tarde llegamos a nuestro coche y pocos minutos más tarde poníamos rumbo a Madrid con un buen sabor de boca por el fin de semana que habíamos pasado y con la incertidumbre de si realmente habríamos sabido captar la esencia de lo que habíamos experimentado.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

El arte de descartar

Se dice que el arte de pintar consiste en ir añadiendo elementos sobre un lienzo en blanco mientras que el arte fotográfico busca precisamente lo contrario, descartar todo aquello de una escena que no contribuye de forma efectiva a transmitir el mensaje del fotógrafo.

Hace tiempo que aprendí el valor que tiene en fotografía saber descartar y no sólo en lo que respecta a los elementos involucrados en una escena. Tan importante es saber simplificar una escena como saber descartar escenas en sí mismas. Cuando uno comienza a hacer fotos todo nos sorprende, pensamos que, simplemente por ese hecho, ya tenemos la mitad de la foto conseguida y que sólo falta encuadrar y disparar. Con el tiempo uno cae en la cuenta de que todo es mucho más complicado. Hay escenas que, pese a dejarnos boquiabiertos, no se prestan bien a ser fotografiadas; con otras, en cambio, sucede totalmente lo contrario, y acabamos  teniendo un mismo tipo de encuadre o motivo varias veces fotografiado en nuestros archivo por lo efectista y cómodo que nos resulta su consecución. Sea cual sea la situación, la mente del fotógrafo funciona a base de descartar primero multitud de escenas y situaciones, para, luego, y una vez da con algo que se presta a ser fotografiado, prescindir de aquellos elementos del encuadre que no contribuyen a la esencia del estimulo a transmitir.

La simplificación y limpieza visual se ha convertido en una de mis máximas desde hace algún tiempo y la búsqueda de escenas no repetidas en mi archivo casi una necesidad para sentir que no me estanco en lo fácil y cómodo.

Hace unos días se me planteó la oportunidad de subir a un lugar de la sierra madrileña que he visitado durante varios inviernos al amanecer. Esta vez quería ver qué podía traerme visitando la zona durante las últimas horas del día aprovenchando la acumulación de nieve que aún se mantenía por las bajas temperaturas. En esta ocasión no iba con ninguna idea preconcebida, quería dejarme sorprender por lo que me encontrase. Quizás uno se vuelve más exigente con el paso del tiempo, o quizás era un día en el que la musa fotográfica no quiso visitarme, sea como fuere estuve más de dos horas recorriendo un paisaje totalmente nevado entre dos lomas montañosas, salpicado de árboles merengados y con una luz que, a medida que el sol iba descenciendo, iba tornándose más y más fotogénica sin conseguir ver un sólo encuadre que me satisficiera. A pesar de todo ello y de no dejar de hundirme en la nieve hasta las rodillas y soportar cortantes ráfagas de viento me sentía afortunado de estar allí.
Con el sol ya puesto, me disponía a gastar mis últimas balas fotográficas antes de emprender el camino de vuelta. Al estudiar uno de los múltiples carámbanos de hielo que, como un colgante de brillantes, pendía de uno de los pinos cercanos al sendero, mis ojos repararon, justo detrás, en un árbol de pose especialmente fotogénica con un blanco que contrastaba con las tonalidades aún anaranjadas del cielo. La luz residual le otorgaba un brillo casi irreal que le aportaba volumen y carácter. No dudé ni un segundo. La foto que no había visto en tres horas de cansado deambular se me presentó como un regalo.

Aprender a descartar y no conformarse con lo primero que se nos presenta, esforzarse por ir más allá de lo evidente o de lo cómodo siempre tiene su recompensa aunque ésta tarde en llegar.

Aprovecho estas últimas líneas para desearos a todos unas muy Felices Fiestas y que el próximo año venga cargado de buenos propósitos cumplidos. Sed felices!


viernes, 1 de noviembre de 2013

Efímero otoño

El trabajo del artista consiste en dejarse imbuir por el entorno, supere o no sus expectativas, y tratar de extraer de él la magia que esconde adaptándose a lo que le ofrece en cada momento.

Uno siempre sale de casa con una imagen idealizada de lo que va a encontrar, con expectativas más elevadas que lo que, habitualmente, la realidad le va a revelar. Quizás sea ese el mecanismo que la naturaleza humana tiene para abandonar las comodidades y lanzarse a la aventura.

Ha sido éste un otoño más efímero que el de años anteriores. Un otoño menos colorido que me ha obligado a estrujarme la cabeza más que en otras ocasiones. No significa ello que los resultados hayan sido mejores. De hecho es posible que hayan sido peores, no sabría decir, sólo el paso del tiempo me lo revelará. Siendo sinceros, no me preocupa tanto la calidad de unas fotos en concreto como la evolución de mi visión fotográfica en el medio y largo plazo. ¿Mis fotos siguen haciendo uso de los mismos patrones estéticos? ¿Me enfrento a una escena de la misma manera sin plantearme nuevas formas de superar las dificultades que me encuentro? ¿Me vuelvo a casa con los mismos motivos que tengo en mi archivo fotografiados una y mil veces?. En definitiva, ¿siento que crezco como artista?

Creo que todo fotógrafo que aspire a retratar el mundo de una manera personal debe plantearse estas cuestiones y no preocuparse tanto por si sus fotografías llegan a la centena de comentarios. La calidad de unas fotos en una salida concreta revelan sólo un aspecto puntual condicionado por múltiples factores, desde la meteorología hasta el estado de ánimo del fotógrafo y como tal tiene sus altibajos, hay que aceptarlo. La evolución en nuestra manera de mirar el mundo y cómo trasladamos esa mirada en nuestras fotos resulta más reveladora y, por supuesto, más cautivadora, al menos para quien hace las fotos.

En esta entrada no voy a relataros las vicisitudes de mi última salida al pirineo, no quiero aburrir o ser monotemático, baste decir que, en retrospectiva, ha resultado tan estimulante como todas las que he hecho hasta la fecha, con nuevas experiencias que guardar en mi memoria y visitas a lugares que no conocía.

Os muestro a continuación una muestra del conjunto de fotos que me he traído, mi visión personal de este atípico otoño de 2013 en el pirineo occidental con una explicación de los motivos que me condujeron a realizar cada una de ellas.

Amanece entre las nubes. Circo de Lescun, P.N. de los Pirineos, Francia
Canon EOS 5D Mark II, EF 70-200mm f/4L USM, polarizador
0,5s @ f/8.0 ISO100
Un cielo encapotado no ofrecía a primera vista ninguna posibilidad de inmortalizar las luces del amanecer pero cuando salí de la cabaña donde había pasado la noche y miré hacia el este vi una fina franja anaranjada de luz sobre el horizonte. Pero lo que más me cautivó fue el volumen y plasticidad del manto nuboso con la débil luz de la mañana. No dudé en utilizar una focal larga para centrarme y enfatizar los dos aspectos que más me atraían. En este caso, el entorno que me rodeaba restaba fuerza e interés al breve y pequeño amanecer que se abría ante mis ojos.


Aguas de otoño. Circo de Lescun, P.N. de los Pirineos, Francia
Canon EOS 5D Mark II, EF 17-40mm f/4L USM, polarizador
0,5 s @ f/7,1 ISO200
Bajando de las cabañas de Ansabere volví a encontrarme con una escena en la que había reparado la tarde anterior cuando subíamos hacia las cabañas pero esta vez de colores más saturados gracias a la lluvia de la noche anterior. El río hacia una curva en 'S' ribeteado por el verde de los musgos, líquenes y helechos sobre una alfombra de hojas ocres. Tengo claro que fue la simplicidad de los elementos que forman esta escena lo que me sedujo. Tres colores: rojos, verdes y el blanco; una forma: una curva en 'S' encajada en la escena. 


Pintado por el viento. Valle de Ansó, Huesca
Canon EOS 5D Mark II, EF 24-105mm f/4L IS USM, polarizador
2s @ f/18 ISO200 y 1/13s @ f/8 ISO 800
¿Qué hacer cuando un viento endemoniado no deja de agitar las ramas de los arboles que te rodean? fácil, sacarle partido. Esta es una de las fotos que hace tiempo tenía en la trastienda de mi cabeza esperando la ocasión para inmortalizarla. La ejecución no fue tan sencilla como puede parecer. Quería una velocidad lo suficientemente lenta como para desdibujar completamente las hojas, pero esto mismo hacía que el tronco principal no saliera nítido por la fuerza del viento. La solución hacer otra toma a una velocidad más rápida que lo registrara con total nitidez. En casa no tuve más que combinar ambas fotos.


Juegos acuáticos. Valle de Ansó, Huesca
Canon EOS 5D Mark II, EF 25-105mm f/4L IS USM, polarizador
1/8s @ f10 ISO400
En un otoño sin apenas otoño no tenía muy claro qué fotografiar. En estas situaciones me suelo abandonar a lo que mis sentidos son capaces de encontrar. Fruto de la experiencia sabía que las texturas del agua fotografiada a la velocidad adecuada no suelen defraudar pero es necesario, además, aportar un punto de interés sencillo pero llamativo que complemente la fuerza del agua.


Aguas de otoño II. Valle de Ansó, Huesca
Canon EOS 5D Mark II, EF 17-40mm f/4L USM, polarizador
1/8s @ f/5,0 ISO400
No fue sencillo localizar una zona abierta del río Veral en la que además, la masa de vegetación tuviera un mínimo colorido otoñal. El reto de esta foto no fue tanto la composición como su ejecución. Apenas quedaba luz, y para tener todo a foco me veía obligado a utilizar velocidades de varias decenas de segundos con la resultante agua sedosa y sin texturas que no quería. Necesitaba emplear velocidades por debajo del medio segundo con lo que o bien utilizaba diafragmas muy abiertos, con la consiguiente perdida de profundidad de campo, o bien utilizaba ISOs muy altos. La opción por la que me decidí fue la primera tomando varias fotos a f/5,0 enfocando en distintos puntos que luego combiné en casa.


Peña Ezkaurre. Valle de Ansó, Huesca
Canon EOS 5D Mark II, EF 17-40mm f/4L USM, polarizador
0,3s @ f/8,0 ISO400
No era la primera vez que tenía ocasión de fotografiar esta mole de roca calcarea. Por segundo año el sol no se dignó a vestirla con sus luces y tuve que pasar a un plan B. Sabía que los pequeños remolinos de agua eran el mejor punto de interés que podía encontrar pero si no me acercaba lo suficiente no tendrían la fuerza necesaria para ser un buen primer plano. Dicho y hecho, ahora sólo quedaba volver a utilizar la misma técnica que en "Aguas de otoño II" para inmortalizar el agua a la velocidad adecuada asegurando que toda la escena quedaba enfocada.


Explosión otoñal. Valle de Ansó, Huesca
Canon EOS 5D Mark II, EF 70-200mm f/4L USM + 1.4x, polarizador
1s @ f/22 ISO 200
Entre los cientos y cientos de árboles que cubren las riberas del río Veral en el Valle de Ansó, ver uno de colores amarillo rosáceo era como si un pintor lo hubiera colocado allí a propósito a brochazos. Esta era la típica situación en la que uno queda prendado por una escena que desde un punto de vista fotográfico no hay por donde cogerla. Estaba apunto de abandonar sin haber tirado una sola foto cuando, como una chispa en mi cabeza, vi claro lo que podría funcionar: un golpe de zoom. Tras varios intentos conseguí la foto que había imaginado.