domingo, 25 de enero de 2015

"Conjunción astral" en Siete Picos

Aprovechando una conjunción astral, lo que en mi caso significa poder conciliar la fotografía con la vida familiar y con condiciones meteorológicas óptimas, me tiré de la cama (como quien se tira a una piscina) el sábado pasado a eso de las 5:30 de la mañana. He reconocer que cada día me cuesta más madrugar y sólo disfruto de veras de ello estando en la montaña dentro de mi saco. Esta vez no era el caso y el calor y comodidad de mi cama me lo ponían verdaderamente complicado. Una vez hecho lo más difícil de todo el proceso por el que hay que pasar para conseguir una buena foto, es decir, llevar mi tronco de la posición horizontal a la vertical, ya todo fue casi coser y cantar, y digo casi.

A las 7:00 aparcaba en el puerto de Navacerrada, con sólo dos vehículos haciéndome compañía. Cada día es más raro que se den varios días de nieve seguidos por un día soleado con frío y que éste coincida en fin de semana, así que era obligado lanzarse a la aventura aunque fuera sin nada en mente más allá de lo que ya conocía del lugar que pensaba visitar: la pradera que se extiende antes iniciar la subida a Siete Picos, en mi querida sierra de Guadarrama. Este lugar, como ya he comentado en entradas anteriores, es óptimo para capturar una estrella solar, pero sólo es posible durante el invierno, ya que durante el resto del año el sol queda oculto tras La Maliciosa.

Comencé a andar a la luz de la frontal haciendo uso de raquetas ya desde el primer momento. Si por lo menos volvía con las manos vacías (léase tarjeta vacía) me llevaría a casa el disfrute de una ruta con raquetas sobre nieve en polvo recién caída siendo testigo de las primeras luces del día. En eso pensaba para mis adentros mientras miraba el reloj y me abría paso sobre la nieve mientras la oscuridad y los espíritus susurrantes del bosque eran mi única compañía.

Fue complicado, a pesar de conocerme el sitio, encontrar el camino por la gran cantidad de nieve caída, tanto que me pasé sin darme cuenta el desvío deseado. El camino no me resultaba del todo familiar y cuando quise darme cuenta de donde estaba tuve que atajar por una ladera para encontrar finalmente el camino que tenía que haber tomado desde el principio pero en dirección de vuelta. Llegué al sitio deseado muy justo de tiempo para buscar y trabajar una composición, hacía un frío infernal y las ráfagas de viento barrían la nieve en polvo aquí y allá. Se juntaban el disfrute, por ser el único testigo de un paisaje irreal y maravilloso a los ojos, con la incomodidad y dolor del frío penetrando hacía mis extremidades como flechas afiladas.

No disponía de mucho tiempo. Tras de mi la luz rosada ya bañaba la ladera de la montaña. No dejaban de llamarme la atención las formas heladas de piorno que a duras penas asomaban en la nieve y decidí que podrían constituir un buen primer plano. Dicho y hecho, en pocos minutos me aposté cerca de uno que creí suficientemente fotogénico y al instante los primeros rayos de sol empezaron a asomar. No era una situación para polarizadores o filtros degradados neutros, pues quería evitar al máximo todo flare indeseado. Tras varias decenas de tomas, algunas de ellas tapando el sol con el dedo, ya tenía material para lo que pensaba podría ser una foto llamativa de aquella mañana.



El viento seguía barriendo la nieve a mi alrededor y en la distancia se podían ver cortinas de nieve en polvo saltando al vacío iluminadas por un sol a contraluz, todo un espectáculo que no fui capaz de inmortalizar como me hubiera gustado. Sobre las 10:00 se empezaron a ver los primeros excursionistas y con más frío en el cuerpo del que me hubiera gustado decidí que era buen momento para regresar. La luz ya había perdido esa calidez que la hacía tan fotogénica y especial y un suave velo de nubes reducía sobremanera su contraste restando fuerza al blanco paisaje. Cuando llegue al coche éste marcaba -5ºC al sol, quiero pensar que arriba seguramente habría estado a unos -15ºC de sensación térmica. Ya en el coche, bajando el puerto me cruzaba con una fila interminable de coches parados que intentaban llegar como buenamente podían a su ansiado destino sin ser conscientes del "lleno" monumental que les esperaba. A veces me pregunto si la especie humana es tan inteligente como nos creemos.

domingo, 14 de diciembre de 2014

¡Felices Fiestas!

Como cada año os felicito las navidades deseando que el próximo año venga cargado de estupendos momentos, buenas luces y magníficas experiencias.



Sirva como imagen de felicitación este collage con 10 de las mejores fotos que he realizado este año que ya despedimos y como imagen central una foto tomada por mi hijo de 8 años el pasado mes de noviembre en los bosques de Ordesa que rezuma frescura y creatividad.

martes, 4 de noviembre de 2014

Próxima exposición en Fotografía deArte 2014

Desde el próximo sábado 8-nov y hasta el 28-nov dentro del III Encuentro Nacional de Fotografía DeArte, que tendrá lugar en Torrejón de Ardoz, participaré con la exposición "Paisajes, retratos de una belleza escondida" compuesta de 20 obras junto a otros conocidos fotógrafos de naturaleza españoles, que admiro desde hace años, como son Asier Castro y José Benito Ruíz, entre otros, y diversos colectivos de Fotografía como FONAMAD.

La edición de este año, bautizada con el título "PLANETA TIERRA, POESÍA A PROTEGER", estará dedicada a la naturaleza y al medio ambiente. La inauguración tendrá lugar en La Casa de la Cultura de Torrejón (C/ Londres, 5) el día 8-nov a las 18h donde se podrá disfrutar de cuatro magníficas proyecciones de Fotografía, lectura de bellos poemas, maravillosa música en directo de violín y bella danza contemporánea.


Las distintas exposiciones del encuentro estarán repartidas en los distintos centros culturales de Torrejón. Mi trabajo podrá verse parte en la Casa de Cultura donde expondré 3 fotografías junto a las de José Benito y FONAMAD, entre otras y parte en el Centro Cultural El Parque (C/ Hilados s/n) donde expondré 17 de mi obras, junto con las de Asier Castro.



Como parte del encuentro tendrán lugar diversos monográficos de entrada gratuita hasta completar aforo. Entre ellos yo impartiré uno dedicado al "Procesado de fotografía de paisaje" el día 18-nov a las 19:30 en el Centro Cultural El Parque.

AQUÍ tenéis el programa de eventos y exposiciones y AQUÍ los días y horarios de visita de las exposiciones.

Espero veros por allí!



lunes, 3 de noviembre de 2014

Nuevo calendario El Mundo de los Pirineos 2015


He tenido el privilegio y enorme orgullo de colaborar este año con El Mundo de los Pirineos como autor de su nuevo calendario de 2015 con 36 imágenes que os sumergirán en la magia de los Pirineos.

Aquí tenéis una muestra del mismo:



viernes, 18 de julio de 2014

Lagos de Neouvielle: en busca de paisajes propios

Desde hace un tiempo a esta parte resulta casi alarmante, para cualquier asiduo a foros o concursos de fotografía, el gran número de imágenes prácticamente calcos unas de otras. Enclaves que hace unos años eran casi desconocidos hoy son objeto de ordas de visitantes cámara en mano que, como en busca del su particular Santo Grial, se dirigen a esos lugares con la esperanza de volverse a casa con una foto con la que quizá ganar un concurso o presumir de gran fotógrafo entre sus amistades.

No hay duda de que hay parajes naturales que cualquier fotógrafo de naturaleza debería poder visitar al menos una vez en la vida y una vez allí, después de haber recorrido cientos o quizás miles de kilómetros ¿cómo volverse a casa sin esa foto del "Gran Cañon del Colorado", o el "Valle de Yosemite"? ningún fotógrafo en su sano juicio desaprovecharía esa ocasión. El problema surge cuando concibes la fotografía como una caza de imágenes que otros ya descubrieron y un buen año, cuando echas un vistazo a tu porfolio te das cuenta de que hay de todo menos frescura y originalidad, que no eres más que un triste imitador. Muchos se conformarán con (e incluso desearán) esta forma de progresar en fotografía donde el coste (de estrujarse las neuronas) - beneficio (social) les es rentable. En mi caso, lo que me motiva, lo que me llena como persona, fotógrafo y amante de la naturaleza es ser descubridor de mis propios paisajes, donde las vivencias entorno a esos descubrimientos no pueden separarse de las fotos obtenidas. Donde volverse a casa con una visión única y personal vale, cómo fotógrafo, más que cualquier imitación del Snake River de Ansel Adams o las dunas de Namibia por citar algunos ejemplos.

¡Qué emocionante es pensar que quizás seas las primera persona que se dedica a inmortalizar la esencia y carácter de un lugar, y por un momento sentirse como los descubridores y aventureros de antaño!

Con ese deseo, el pasado fin de semana, me encaminé al Pirineo francés, junto con mi hermano Carlos y nuestro buen amigo Patrick, con la intención de ver qué podía descubrirnos, un año más, la zona de Neouvielle. Sí, un año más porque, lo que descubrimos el año pasado nos enamoró.

Nuestra intención no era realizar una travesía acumulando kilómetros bajo nuestras botas, sino disfrutar de la fotografía y la montaña de forma equilibrada sin grandes proezas y cansancio el justo. La primera noche la pasaríamos a 1h de los lagos d'Aumar y d'Aubert y la segunda en los lagos de Madamete ya fuera de la reserva natural a 1h30 del primer lago. El domingo tocaría desandar lo andado los dos días anteriores.

Preparando la escapada no pude encontrar muchas fotos de las zonas a visitar para hacerme una idea sus posibilidades, con lo que no iba con ideas preconcebidas. Esta vez me dejaría sorprender por lo que me fuera encontrando insitu.

Pasadas las 18:00 (pues no está permitido antes de esa hora) subimos con nuestro coche desde el parking del lago Orèdon hasta el parking habilitado entre los lagos d'Aumar y d'Aubert sabiendo que podríamos bajar a cualquier hora el domingo.

Sobre las 19:30 acampábamos en las inmediaciones de la laguna Gourg de Rabas (a casi a 2.400 m), balcón sobre el macizo de Neouvielle. Las nubes iban y venían pero no dejaban entrever las cumbres del macizo dando al traste toda opción de buenas luces al atardecer, pues se agolpaban hacia el oeste.

Mientras Patrick y mi hermano Carlos buscan como retratar el valle a nuestros pies con el lago d'Aumar brillando como una joya entre las altas cumbres, yo me me dirigí, rodeando la laguna a su extremo más occidental. Las cumbres apenas asomaban desde esta posición, pero ¿quién quiere montañas si se tiene unas buenas nubes como telón de fondo? La forma de las rocas sumergidas y los reflejos sobre un agua inmóvil me alentaron a sacar la cámara de su funda y poner todos mis sentidos al servicio de la escena que estaba contemplando.


Fue la única foto que hice esa tarde pensando que quizás el amanecer nos diese más oportunidades.

Amaneció despejado por el este y muy cerrado por el oeste, tanto que el collado (a apenas 200 m sobre nuestras cabezas) que teníamos que atravesar durante la jornada no se veía.

Durante la subida a la laguna el día anterior reparamos en unas pequeñas charcas estacionales que seguro ofrecerían buenas vistas y reflejos del macizo de Neouvielle. Ni cortos ni perezosos a las 6:00 de la mañana comenzamos a bajar, casi medio dormidos, el camino que la tarde anterior subimos. En 20 minutos nos plantamos en lo que era un espejo entre formas sinuosas rodeado de una alfombra verde. Me llamó la atención como el perfil de hierba dibujaba una potente forma en 'S'. Colocando los árboles de forma que no quedasen cortados sólo fue cuestión de esperar a que las primeras luces incidiesen en los picos a lo lejos para empezar a disfrutar.



Esa mañana tuvimos que demorar la subida al collado de Madamete (2.509 m) pues una fina y esporádica lluvia hizo acto de presencia reduciendo la visibilidad considerablemente en el collado. A ratos metido en la tienda, a ratos haciendo alguna foto, pues la forma y volumen de las nubes lo pedían a gritos, pasamos parte de la mañana hasta que a mediodía comenzó a clarear y nos pusimos en marcha. En media hora llegamos al collado y una hora mas tarde nos plantábamos en los lagos de Madamete (a 2.299 m) ya fuera de los límites de la Reserva Natural de Neouvielle.



Dedicamos buena parte de la tarde a explorar el entorno en previsión del atardecer y amanecer del día siguiente, pero un manto sospechoso de nubes hacía presagiar que quizás no tuviéramos las luces deseadas esa tarde. Cansado de no parar desde las 6 de la mañana, a media tarde me metí en la tienda a descansar y hacer algo de tiempo. Sobre las 20:00, cuando saqué la cabeza de la tienda la niebla ocultaba los macizos montañosos que nos rodeaban. ¿Qué hacer? no quedaba otra que adaptarse a lo que había en ese momento. Cogí la cámara y comencé a jugar con primeros planos definidos en la orilla de la laguna y fondos medio ocultos por la niebla que cambiaban al segundo. El contraste, sencillez y limpieza de formas me atrapó hasta pasadas las 22:00. Esa tarde hice quizás una de las fotos más inesperadas que podía haber hecho superando a cualquier de las que hice ese fin de semana en estética y carga emocional.



Tras una noche fresquita pero tranquila, sonó la alarma del reloj a las 6:10, revelándoseme un paisaje limpio y sin rastro alguno de nubes. Tendríamos la posibilidad de inmortalizar las tan ansiadas, por los fotógrafos, luces de montaña. En mi interior no me sentía tan eufórico como lo habría estado hace años, no tenía un encuadre estudiado y tampoco tenía claro si conseguiría algo distinto. En ausencia de un primer plano claro (las rocas que encontraba no me parecían lo suficientemente fotogénicas) decidí jugar con la transparencia del fondo y las formas geométricas de sus rocas pues el efecto algo surrealista no me desagradaba.



Tras unas pocas fotos más la luz dejo de tener la magia deseada y dimos por concluida la sesión fotográfica. Tras un agradable desayuno sobre un marco incomparable recogimos y nos pusimos en marcha en dirección al parking, sin prisas pero sin pausas, disfrutando del aire fresco de la montaña, de sus sonidos, de sus olores y con la alegría de haber descubierto e inmortalizado una vez más nuestros propios paisajes.

De izda. a dcha. Carlos, Patrick yyo.

martes, 13 de mayo de 2014

Extrayendo ambientes


Hace algún tiempo tuve oportunidad de intercambiar algunos correos con Fernando Puche, en ellos me comentaba que un buen día, cansado de ver que en su archivo figuraba el mismo tipo de fotografías decidió que era hora de dar un giro y replantearse el tipo de fotos que debía hacer. Hacer esto era un intento de forzarse a crecer y desarrollarse como fotógrafo y artista. En aquel momento, no sentía tal necesidad de cambio, aún a riesgo de caer en lo fácil y repetitivo. La búsqueda de luces especiales en los primeros y últimos momentos del día me ha llevado a conocer lugares y a disfrutar de experiencias que de otro modo ni se me habrían pasado por la imaginación. ¿Por qué romper con ello? ¿Mi archivo fotográfico, mi trabajo como artista iba a verse afectado (negativamente) por no buscar nuevos horizontes creativos? Cada amanecer es distinto, cada lugar que visite será distinto y por tanto no veía por qué iba eso a afectar a mi desarrollo como artista.

Conscientemente nunca me he planteado dar una vuelta de tuerca a mi trabajo, sabía que si esto tenía que ocurrir algún día el cuerpo me lo pediría, de una forma natural, sin forzarlo. He de confesar que desde hace ya algún tiempo las fotos típicas de amaneceres han perdido parte del atractivo que hace años tenían, supongo que la falta de novedad tiene la culpa. No me resultan tan retadoras como antes, un paseo por cualquier portal de fotografía sirve para quedarte empachado con este tipo de fotos. No significa ello que ya no me llamen pero sí que no son el objetivo número uno de mis salidas fotográficas como antes sí lo eran. Si no me traía una foto con luces de amanecer o atardecer parecía que la escapada se había quedado un poco coja. Desde hace un tiempo el cuerpo me va pidiendo captar otras cosas con mi cámara, otras formas de ver el mundo, quizás más íntimas y no tan descriptivas. Seguramente no tan visualmente atractivas pero sí igualmente reconfortantes y desafiantes como en su momento fueros mis primeros amaneceres.

Hace unas semanas, tuve oportunidad de visitar el Pirineo más occidental con mi amigo Patric, necesitaba fotos de esa zona para un encargo. Los lugares finalmente elegidos acomodados a las condiciones meteorológicas fueron Urbasa, buscando verdes y nieblas y los acantilados de Jaizquíbel, para muchos la estribación más occidental de los Pirineos y, sin lugar a dudas, un lugar radicalmente distinto a lo que podemos encontrar en cualquier otro punto de la geografía española y casi del mundo entero, donde fotografiar a la luz cenital del mediodía es casi una obligación y la extracción de formas y colores el tesoro más codiciado.

En esta salida no ha habido fotos de amaneceres o atardeceres, no ha habido madrugones, el gran angular ha quedado relegado a la mochila y el teleobjetivo ha sido mi principal pieza de trabajo.

La extracción de pequeños pedazos de realidad en los que las texturas y geometrías de los elementos jugaban de forma armoniosa ha sido mi principal objetivo.



La tarde de nuestra llagada a Urbasa, aún cubierta por las nubes de una borrasca que anunciaba su fin, decidimos darle una oportunidad a Urederra. Lugar del que todos estos años he huido por lo masificado e hiperfotografiado. Cuando llegamos no había mucha gente pero la decepción fue mayúscula al comprobar como todo el camino se encontraba acordonado con indicaciones que prohibían salirse de él. La gran masificación de este paradisíaco lugar amenaza su existencia y las recientes medidas adoptadas han sido restringir el número de visitas diarias y limitar las zonas por las que moverse. Desde el punto de vista del fotógrafo de naturaleza, que desea libertad total de movimientos para captar su visión del lugar sin más restricciones que su imaginación, supone una decepción tremenda toparse con tales restricciones. Esa tarde hicimos lo que pudimos y volvimos a nuestro lugar de pernocta con un sabor agridulce.


La mañana siguiente amaneció tal y como estaba planeado. Las nieblas cubrían los hayedos de Urbasa y las hojas filtraban la cantidad suficiente de luz como para vestir el ambiente de unas suaves tonalidades verdosas.




Fue una delicia deambular casi sin rumbo alguno fuera de todo camino acompañado por los alegres cantos de petirrojos, mirlos y carboneros. Una lluvia fina intermitente nos acompañó casi toda la mañana vigilados en todo momento por grandes esculturas naturales que el viento y la lluvia se han encargado de esculpir durante milenios. 




Fotografiamos y caminamos al margen del tiempo hasta pasado el mediodía cuando las nieblas se levantaron anunciando el anticiclón que deseábamos para el domingo en Jaizquíbel, nuestra siguiente parada para el día siguiente.

Nos levantamos con las primeras luces dispuestos a descubrir con nuestros propios ojos los tesoros guardados en los acantilados a los pies del monte Jaizquíbel en la costa guipuzcoana. A media que nos alejábamos de Urbasa un cielo azul radiante nos llenaba de ilusión y expectación ante lo que nos íbamos encontrar. Tras un desayuno rápido junto al coche iniciamos los casi 600m de desnivel siguiendo el itinerario previsto y en dirección al valle de Labetxu (popularmente conocido como el valle de los colores). Unas horas más tarde junto a las aguas del cantábrico unas rocas como bañadas en sangre se nos aparecieron, exhibiendo un cromatismo y formas extravagantes en sus paredes difíciles de describir. Habíamos encontrado el tesoro buscado y sólo dependía de nuestro buen hacer extraer una belleza que hiciera justicia al lugar.







Pero esas rocas de arenisca teñidas de rojo y salpicadas de un sin fin de formas y vetas de los más variados colores, no eran más que parte de ese tesoro buscado. Bordeando la costa nuevas formaciones, que me recordaban a panales gigantes de abeja, tapizaban los techos de grandes oquedades de arenisca. Estas formaciones, sólo comparables a otras de menor tamaño y extensión en regiones tan remotas como Sudáfrica o Australia, reciben el nombre de "Boxworks". Aquel día nos encontramos con otra fotógrafa de la zona trípode en mano y nos comentó que hace años apenas se veía gente y que esto había cambiado desde hacía poco. La globalización, las redes sociales, todo ello, supongo, contribuye a dar a conocer lugares que hasta hace no mucho sólo eran conocidos por los vecinos de la zona. Ello supone un arma de doble filo, pues si no se cuida en poco tiempo puede llegar a ser sólo un recuerdo, pero a la vez cuanta más gente sea conocedora de la belleza que esconde más puede ayudar la preservarla. Documentándome sobre la zona di con el proyecto Jaizkibel Amaharri (Jaizquíbel Madre Piedra) integrado por personas de diversas ramas científicas y fotógrafos a las que une el amor por el monte Jaizquíbel. Tiene como fin dar a conocer el patrimonio natural y cultural de Jaizquíbel y ayudar a defenderlo. No menos sorprendente que conocer esta iniciativa fue enterarme que existe un proyecto para construir una zona portuaria en todo el litoral de Jaizquíbel. De momento esta paralizado, pero quien sabe si en 10 o 15 años se reactivará y toda esta maravilla de la naturaleza no será más que un recuerdo.



Eran las tres y media de la tarde y aún nos quedaba subir los casi 600 metros que horas antes habíamos bajado y cinco horas de coche hasta llegar Madrid, pero la belleza de lo que nos íbamos encontrando por el camino era tal que, como si de un imán se tratase, no nos permitía alejarnos y guardar nuestras cámaras. Pasadas las cinco de la tarde llegamos a nuestro coche y pocos minutos más tarde poníamos rumbo a Madrid con un buen sabor de boca por el fin de semana que habíamos pasado y con la incertidumbre de si realmente habríamos sabido captar la esencia de lo que habíamos experimentado.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

El arte de descartar

Se dice que el arte de pintar consiste en ir añadiendo elementos sobre un lienzo en blanco mientras que el arte fotográfico busca precisamente lo contrario, descartar todo aquello de una escena que no contribuye de forma efectiva a transmitir el mensaje del fotógrafo.

Hace tiempo que aprendí el valor que tiene en fotografía saber descartar y no sólo en lo que respecta a los elementos involucrados en una escena. Tan importante es saber simplificar una escena como saber descartar escenas en sí mismas. Cuando uno comienza a hacer fotos todo nos sorprende, pensamos que, simplemente por ese hecho, ya tenemos la mitad de la foto conseguida y que sólo falta encuadrar y disparar. Con el tiempo uno cae en la cuenta de que todo es mucho más complicado. Hay escenas que, pese a dejarnos boquiabiertos, no se prestan bien a ser fotografiadas; con otras, en cambio, sucede totalmente lo contrario, y acabamos  teniendo un mismo tipo de encuadre o motivo varias veces fotografiado en nuestros archivo por lo efectista y cómodo que nos resulta su consecución. Sea cual sea la situación, la mente del fotógrafo funciona a base de descartar primero multitud de escenas y situaciones, para, luego, y una vez da con algo que se presta a ser fotografiado, prescindir de aquellos elementos del encuadre que no contribuyen a la esencia del estimulo a transmitir.

La simplificación y limpieza visual se ha convertido en una de mis máximas desde hace algún tiempo y la búsqueda de escenas no repetidas en mi archivo casi una necesidad para sentir que no me estanco en lo fácil y cómodo.

Hace unos días se me planteó la oportunidad de subir a un lugar de la sierra madrileña que he visitado durante varios inviernos al amanecer. Esta vez quería ver qué podía traerme visitando la zona durante las últimas horas del día aprovenchando la acumulación de nieve que aún se mantenía por las bajas temperaturas. En esta ocasión no iba con ninguna idea preconcebida, quería dejarme sorprender por lo que me encontrase. Quizás uno se vuelve más exigente con el paso del tiempo, o quizás era un día en el que la musa fotográfica no quiso visitarme, sea como fuere estuve más de dos horas recorriendo un paisaje totalmente nevado entre dos lomas montañosas, salpicado de árboles merengados y con una luz que, a medida que el sol iba descenciendo, iba tornándose más y más fotogénica sin conseguir ver un sólo encuadre que me satisficiera. A pesar de todo ello y de no dejar de hundirme en la nieve hasta las rodillas y soportar cortantes ráfagas de viento me sentía afortunado de estar allí.
Con el sol ya puesto, me disponía a gastar mis últimas balas fotográficas antes de emprender el camino de vuelta. Al estudiar uno de los múltiples carámbanos de hielo que, como un colgante de brillantes, pendía de uno de los pinos cercanos al sendero, mis ojos repararon, justo detrás, en un árbol de pose especialmente fotogénica con un blanco que contrastaba con las tonalidades aún anaranjadas del cielo. La luz residual le otorgaba un brillo casi irreal que le aportaba volumen y carácter. No dudé ni un segundo. La foto que no había visto en tres horas de cansado deambular se me presentó como un regalo.

Aprender a descartar y no conformarse con lo primero que se nos presenta, esforzarse por ir más allá de lo evidente o de lo cómodo siempre tiene su recompensa aunque ésta tarde en llegar.

Aprovecho estas últimas líneas para desearos a todos unas muy Felices Fiestas y que el próximo año venga cargado de buenos propósitos cumplidos. Sed felices!