miércoles, 4 de junio de 2008

Invierno en el Valle de Gaube

Mi última salida fotográfica fue durante el pasado invierno en el Pirineo Francés. El relato de esa experiencia lo tenía guardado a medias en mi disco duro y hoy he decidido acabarlo y que viera la luz.

Hay veces que las cosas no salen como uno quiere o ha imaginado. El Vignemale, montaña mítica entre los amantes del Pirineo, me enamoró en cuanto la vi en unas pocas imágenes que sirvieron para engatusar a mi compañero de ruta, Saúl Santos. Al final del valle de Gaube se encuentra el refugio Oulettes de Gaube emplazado a los pies de la mítica pared de 900 metros que tantos escaladores han ansiado y logrado escalar. Pero nuestro objetivo era distinto, no perseguíamos pisar su cumbre sino retratar su mejor cara, sus bellas luces en el marco sin igual que ofrece el invierno en la montaña.

El pronóstico meteorológico no era el mejor y sembraba dudas sobre nuestras posibilidades, pero como sabíamos de lo impredecible del tiempo siempre albergábamos esperanzas y la imagen de las luces rojas del amanecer no dejaba de estar presente en nuestras mentes.



El día de la aproximación al refugio no pudo empezar mejor, a pesar de un pronóstico desfavorable, y nos llenó el cuerpo de alegría y optimismo. Encontramos el valle del Gaube con menos nieve de la que habíamos pensado, pero casi lo agradecimos pues sabíamos que nos podría dar más opciones de jugar con los reflejos en los pequeños arroyos del valle. Entre foto y foto llegamos pasadas las seis de la tarde al refugio disfrutando del entorno y de la estampa del Vignemale alzándose al fondo del valle. ¡Aquí es el sitio!, nos dijimos mi compañero de fatigas y yo cuando llegamos a una zona de meandros que proporcionaban un encuadre inmejorable de la mítica montaña. Nos imaginábamos las luces del amanecer reflejadas en las curvas de agua salpicadas por la nieve en las orillas. En ese momento no sabíamos que dicha imagen tardaría en llegar más de lo que nos imaginábamos. Una hora y media más tarde llegamos al refugio donde nos sorprendió, gratamente, la poca gente había.



Tras una cena sin igual, dado el enclave del sitio —que por unas razones u otras, siempre coincide con la hora del atardecer—, no dudamos en salir al frío de la noche en busca de una de las fotos imaginadas. La luz de la luna reflejada en la nieve en combinación con un cielo limpio lleno de estrellas y la calida luz del refugio filtrándose por las ventanas nos iba a proporcionar una imagen de gran de belleza. Cerca de una hora estuvimos Saúl y yo haciendo fotos, codo con codo, insensibles al frío de la noche sin imaginarnos cuan distintos serían los días sucesivos.

A las 5:55 del día siguiente sonó la alarma del móvil, con la foto del amanecer en mente, el sueño pronto dejó paso a las ganas de presenciar las luces de la mañana. Pero topamos de bruces con la realidad, como una pesada losa, cuando al abrir la puerta del refugio, en vez de contemplar la mole impresionante del Vignemale, sólo pudimos ver una inmensidad blanca, opaca, sin detalle alguno, sólo perturbada por la caída de los copos de nieve. No había nada que hacer más que volver a la habitación pensando que quizás el día siguiente nos diese algo de tregua.

El día trascurrió sin cambios y pocas novedades. Una breve salida tras el desayuno para disfrutar del ambiente invernal de la montaña y quien sabe si poder traernos alguna bella estampa; el almuerzo y como única compañía el guarda del refugio con el que mantuvimos una agradable conversación y, poco a poco, a media que transcurrían las horas el blanco de la ventana dio paso al gris y el gris a la oscura noche. No dejaba de nevar.

A la mañana siguiente, día del regreso, volvimos a intentarlo a la misma hora que el día anterior. Si bien el pronostico no era nada favorable siempre teníamos la esperanza de que el tiempo nos hiciera un guiño, lo justo para hacer La Foto y marcharnos contentos a casa. Al abrir la puerta del refugio vimos que ya no nevaba igual que el día anterior, nevaba más!. Veinte centímetros de nieve y viento nos acompañaron durante las primeras horas del camino de vuelta. Nuestras opciones de presenciar el Vignemale al amanecer se habían esfumado, tendríamos que dejarlo para otra ocasión. Ya sólo nos quedaba disfrutar de lo que nos rodeaba, la magia blanca de la montaña, que enamora, sin duda. Durante las primeras horas de regreso la nieve en contra dificultó la toma de cualquier fotografía. De pronto, estando ya en cotas más bajas, el viento y la nieve cesaron y la imagen de los abetos nevados hinchieron nuestros corazones sin dejar de maravillarnos ante lo que teníamos oportunidad de presenciar.

Poco antes de llegar al lago de Gaube Saúl y yo decidimos abandonar el camino. La vista del valle con su traje nevado no nos hubiera perdonado pasar de largo. Saúl abriendo huella y yo detrás. Hundido en la nieve hasta las rodillas puede ver ocultos tras la arboleda unos saltos de agua que hubieran sido la delicia de cualquier fotógrafo. La estrechez del lugar no me permitía mucho juego, pero tras más de 15 minutos de esfuerzo y concentración tratando de exprimir la magnificencia y belleza del lugar, pude conseguir la que, con seguridad, fue foto estrella del viaje.

Los paisajes que nos encontramos durante el resto de la jornada hasta llegar al coche nos mantuvieron entretenidos y nos hicieron disfrutar como no nos imaginábamos. Es cierto que uno de los objetivos de la salida era capturar las primeras luces del amanecer sobre el Vignemale, pero otro era disfrutar del espectáculo blanco de la montaña y este objetivo se había cumplido con creces.

No dejaba de resultar curioso que los días más fructíferos, fotográficamente hablando, fueran el día de la ida y el de la vuelta, cada uno distintos pero proporcionándonos imágenes únicas. La llegada al coche no supuso el fin de nuestro viaje fotográfico, a cada curva que dábamos abandonando Pont d’Espagne nos veíamos obligados a parar y retratar las mil y una sutilezas con que la nieve transformaba el paisaje.


A la llegada al Portalet, casi en la frontera española, la nieve volvía a adueñarse del paisaje y nuestras cámaras volvieron a retumbar por última vez en el frío ambiente de las últimas luces de la tarde.


Al final, no nos trajimos la imagen que nos había impulsado a hacer el viaje, pero la experiencia superó, una vez más nuestras expectativas, a pensar de que el tiempo no acompañó.

Siempre hay algo que atrapar con la cámara, siempre hay visiones y sensaciones que te impulsan a inmortalizar el momento vivido. Lo importante es estar en el lugar y tener la mente abierta ante lo inesperado.

En mi web encontraréis más fotos del viaje junto con los datos de cada foto. También podréis leer relatos de otras experiencias.

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