martes, 8 de junio de 2010

Primeros rayos

Últimamente no saco mucho tiempo para dedicarle a la fotografia. La familia y el trabajo absorbe más de lo que uno en ocasiones desearía. Aún así con algo de sacrificio soy capaz de sacar algo de tiempo y mantener mi mente con un mínimo de tono fotográfico. No es lo ideal, porque como ya reconocía Galen Rowell, las mejores fotos las coseguía después de pasar varios días seguidos sumergido en el quehacer fotográfico.

Este pasado fin de semana era cuando, según mis cálculos, el piorno en flor estaría en su apogéo tiñendo de amarillo las laderas de la sierra madrileña. Hacia ya cuatro años que no se me resentaba la ocasión de poderme escapar en estas fechas. En aquella ocasión fue la suerte y la casualidad la que hizo que fuera testigo de un espectáculo que no iba a tener oportunidad de volver a contemplar hasta unos años más tarde. La previsión del tiempo no era la mejor, con cielos totalmente despejados, pero era entonces o ya el próximo año.

A las 4:30 suena el despertador y a las 5:45 llego al parking de Cotos. A medida que la luz del crepúsculo iba aportando algo de claridad al entorno confirmaba mis sospechas y el color amarillo era el protagonista indiscutible del paisaje que me rodeaba. No llegaba al nivel de florecimiento de la vez anterior pero aún así era una delicia para la vista.

En mi cabeza tenía las fotos que hice hacía cuatro años y las composiciones que encontraba o eran muy similares a las que hice en aquel entonces o no me atraían. Así que a medida que el sol avanzaba en su camino tras el horizonte mi nerviosismo iba en aumento y no descartaba la posibilidad de volerme con las manos vacias a casa. Tras visitar varios enclaves buscando el piorno en flor como protagonista decidí tomar un camino próximo a un arroyo que descendía ladera abajo. En ese momento una pequeña bola roja comenzaba a asomar tras las nubes del horizonte. Unas pequeñas rocas en mitar del aroyo llamaron mi atención y las encontré suficientemente fotogénicas como para plantar el trípode y no dar un paso más. Tras unas cuantas exposicines el sol se elevó más sobre el horizonte y sus rayos atravesaron la delgada capa de nubes incidiendo de lleno sobre el arroyo. Las tonalidades cálidas de sus rayos complementaban a la perfección el juego de tonalidades frías que aportaba el verde eléctrico de la alfombra de hierba sobre la que me encontraba y las tonalidades azules que reflejaba un cielo sin nubes.

Canon EOS 5D Mark II, EF17-40mm f/4L USM,
degradado Neutro -2 Soft, degradado Neutro Inverso -3, polarizador, trípode
15s @ f/22 ISO 100

En esos momentos de estrés, cuando se decide que "hay foto", uno no se para a pensar demasiado sobre las disposición de los elementos en la foto y si están distribuidos conforme a ciertas reglas de composición "de libro". Simplemente, o la foto atrae o no. A posteriorí, ya en casa, si la foto sigue resultando atractiva, es cuando uno se para a analizarla y descubre el porqué del éxito de la toma. A veces es porque cumple con esas reglas básicas que todos hemos leído en multitud de libros pero otras es por todo lo contrario, porque las transgrede. En esas raras ocasiones suelen producirse las mejores fotos.

Salí de casa con una idea y propósito bien definidos, al final regresé con una foto que no sospechaba. El secreto del éxito suele ser mantener una mente abierta y estar receptivo a cuaquier vislumbre de lo que nos llame la atención, ya sea un motivo totalmente distinto a lo que teníamos pensado, o la fotografía de un detalle cuando lo que queríamos hacer era un gran paisaje.

Ese día volví a casa con pocas fotos pero contento. Mi querida sierra una vez más no me había defraudado.

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